Oración de la Mañana
10 de febrero
Maestros del alma
Un buen profesor no solo enseña con palabras, sino con el ejemplo.
Su paciencia, su entrega silenciosa, su fe en cada alumno, son reflejo del amor de Dios que educa sin imponer, que corrige sin herir, que acompaña sin abandonar.
Respetar a un maestro es reconocer que su vocación es sembrar luz en terrenos inciertos. Amar a quien nos enseña es entender que detrás de cada lección hay una oración, detrás de cada corrección, una esperanza.
Jesús fue llamado Maestro, y no por lo que sabía, sino por cómo vivía. Honrar a nuestros profesores es honrar a quienes, como Él, dedican su vida a formar corazones y mentes para el bien.