Oración de la Mañana

22 de septiembre

“¡Papá, me aburro!”  

Comenzó el verano y Marta estaba entusiasmada. La piscina, el fin de las clases, los amigos del barrio…Un sueño hecho realidad.  

Y así fueron las dos primeras semanas. Marta no paraba ni un minuto. De la piscina a la tele, de la tele a la consola, de la consola a la piscina, de la piscina al parque. Vamos, que no había un solo minuto del día en el que estuviera tranquila.  

Pero sucedió algo inesperado. Sus dos amigas del barrio se marcharon de vacaciones y ahora bajar a la piscina ya no era tan divertido. Además, la consola y la tele terminaban por agotar su paciencia y ya no era divertido jugar en el parque, porque sin sus dos amigas no sabía cómo inventar historias a las que jugar.  

De repente, Marta sintió una terrible sensación de soledad.- ¿Qué voy a hacer si no tengo amigas con las que jugar?  

Y apareció esa frase que siempre se repetía cuando Marta estaba sola – Papá, me aburro. ¿A qué puedo jugar?  

Su padre, que ya preveía que esto iba a suceder, tenía un plan bien organizado para que Marta descubriera lo divertido que es aburrirse.  

– Había pensado ir a dar un paseo en bicicleta por el campo ¿te apuntas? – propuso su padre.  

– Bueno – dijo Marta a regañadientes.  

Se montaron en las bicis bien temprano y comenzaron a pedalear hasta que llegaron a un pequeño riachuelo que quedaba muy cerca de su casa.  

– ¿Sabías que cuando yo era pequeño también hacía este recorrido?- Dijo el padre de Marta con cara de satisfacción.  

– ¿Y por qué nunca me lo habías enseñado?- preguntó Marta.  

–Pues porque siempre estás muy ocupada con tus amigas, las consolas y la televisión y nunca quieres salir conmigo.  

Marta se quedó pensativa. Era verdad, siempre que sus padres le proponían hacer algo juntos ella prefería quedarse con sus amigas o jugando con su consola.  

Continuaron por un sendero que seguía el curso del pequeño río. El paisaje era muy bonito y al estar tan cerca del río y rodeados de árboles, no se notaba tanto el calor del verano.  

Se detuvieron en una especie de escaleras formadas por rocas. Papá dejó su bicicleta y la de Marta atadas a uno de los árboles y comenzaron a bajar con mucho cuidado.  

Marta estaba emocionada por la aventura que estaban viviendo: senderos, ríos, inmensos árboles y escaleras de rocas.  

– Pisa con cuidado y siempre detrás de mí-, explicó el padre.  

– Vale papá.  

Cuando llegaron abajo, Marta estaba exhausta y al levantar la mirada del suelo se quedó sin palabras.  

Habían llegado a una parte del río donde se formaban pequeñas cascadas e incluso una zona en la que poder bañarse o sentarse a disfrutar del paisaje.  

– ¡Papá, esto es precioso!- exclamó Marta.  

– Cuando yo era niño, me gustaba pasar largas horas en este lugar. Aquí me creaba las mejores historias de aventuras y piratas que jamás hayas imaginado. Además siempre traía unos cuantos botes de cristal para meter las piedras que más me gustaban o los insectos raros que me iba encontrado. Aquí sentía que todo era mágico y me encantaba disfrutar creando pequeñas cabañas a base de los troncos que iba encontrado.  

– ¿Y no tenías amigos?  

– Claro que sí. A veces venía con ellos y nos pasábamos las horas inventando historias con las que nos divertíamos todo el día.  

– Y otras veces, cuando mis amigos no estaban me venía sólo y continuaba dando rienda suelta a mi imaginación.  

– Ya, pero yo no tengo tanta imaginación.  

– Eso es porque nunca la utilizas. Te has acostumbrado a que los juegos te los ofrezca la consola o a jugar con tus amigas a simular que sois como los dibujos animados que veis en la tele. Pero no sois capaces de crear vuestras propias historias de fantasía.